HUGORILETTI de Américo Martín


Con motivo de los sucesos de Honduras y de la misión internacional de los disidentes despojados de competencias por el gobierno de Chávez, se ha levantado un tema fundamental que ojala termine siendo el fruto más notable de las experiencias que estamos viviendo.
La OEA está atrapada en su propia madeja. Por comodidad, complicidad o debilidad estructural, se había ido convirtiendo en lo que Oppenheimer llamó una sociedad de ayuda mutua de presidentes. Presionado a responder por qué tanto celo contra el gobierno interino de Honduras y tanto desapego contra la paulatina destrucción de la democracia venezolana, Insulza aseguró que la Carta Democrática Interamericana no le permitía hacer más de lo que hizo o deshizo. Pero aquí faltó a la verdad porque un gran aporte de ese ya célebre documento fue precisamente el de distinguir entre democracia de origen y democracia de desempeño. Un gobierno con legitimidad electoral podría ser objeto del régimen sancionatorio contemplado en su normativa si, pese a emanar del sufragio atentara contra la democracia, como sistemáticamente lo viene haciendo el presidente Chávez y como, antes de su defenestración, pretendió hacerlo el presidente o expresidente Zelaya.
El poderoso desarrollo del Derecho Internacional Humanitario, que coloca la esfera de los derechos humanos por sobre los principios de soberanía y no intervención, provocó una metamorfosis en las malas costumbres de los autócratas. El camino para implantar la dictadura pasaba ahora por participar en las elecciones, ganarlas, y a renglón seguido demoler la sustancia misma de la democracia. Pérez Jiménez, Batista y Pinochet no se tomaron el trabajo de revestir sus arbitrariedades con velos democráticos, en cambio Chávez, Ortega y eventualmente Correa, sí. La diferencia no es cualitativa, no se trata de dictaduras y dictablandas, sino de que, según la OEA de nuestros días, es suficiente la legitimidad de origen para que el peor autócrata pueda entrar al sistema jurídico interamericano. Es una hipocresía cínica pero útil que a la OEA le ha bastado por el momento para proteger dictadores disfrazados de presidentes constitucionales, y abandonar a su suerte a los pueblos. La democracia de hecho sacrificada para satisfacer precarias formalidades legales dentro de la ecuación de utilizar la democracia contra la democracia.
La expansión de la mancha totalitaria, lanzada a ocupar todos los espacios independientes y reductos disidentes, está provocando una enérgica respuesta que va a romper la estólida estructura de la argumentación de la OEA. La democracia verdadera quiere hacerse oír y sin duda lo logrará. La misión de Ledezma y sus compañeros logró romper la conspiración del silencio. Chávez proviene de una elección, pero igualmente Ledezma y los gobernadores disidentes (y aún los fieles al gobierno pues también ellos están siendo menoscabados) están allí por mandato electoral, con la diferencia de que al contrario de lo ocurrido con el gobierno nacional, sus legitimidades de origen y de desempeño están estrechamente unidas. La respuesta democrática de Venezuela es impresionante. La forma como Alberto Federico Ravell resiste las arremetidas del poder se repite en líderes sindicales emergentes, quienes en un esfuerzo por proporcionarle organización a la vasta lucha obrera espontánea, acaban de fundar Solidaridad Laboral, movimiento de posibilidades inmensas. Es tan incontenible la revolucionaria –ésta sí- presión democrática, que José Miguel Insulza ha manifestado preocupación por el cierre de emisoras. Bienvenido sea.
¿Quién ha sido el principal inductor de la emergencia popular? El mismo que la provocó, con esa manera tan suya de arrebatarle derechos a la gente y encima escarnecerla e insultarla. En el fondo la disidencia confía en Chávez. Sus disparates la ayudan cuando menos se espera. Es el diablo, que lo confunde para perderlo.

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