BALOTAJE URUGUAYO de Américo Martín

Un país pequeño, el de menor superficie en América del Sur después del minúsculo Surinam, se las ha ingeniado –y no por cierto, por primera vez en su historia- para crear hechos trascendentes y lograr la atención mundial sobre sus eventos electorales. Hice un rápido paneo por la prensa de América y Europa y en toda ella la primera vuelta de las elecciones presidenciales, ganada por el Frente Amplio, fue seguida por algunos como si se tratara de un deporte de alta competencia.
Uruguay tiene apenas 3 millones y medio de habitantes, pero en contraste, goza de una envidiable estabilidad democrática, es el más alfabetizado de la subregión y en tándem con Chile es el de más reducida percepción de corrupción. Por si faltara algo, el PNUD lo sitúa en el tercer lugar de Latinoamérica en Índice de Desarrollo Humano, y Reporteros sin Frontera lo coloca en el primer lugar en el respeto a la libertad de expresión. Suele decirse que los perfumes buenos vienen en pomo chiquito, así ocurre con Uruguay.
El reputado oncólogo Tabaré Vásquez termina su mandato con el 60% de respaldo popular. Apartándose de la manía reeleccionista que corre como azogue encendido por Latinoamérica, renunció a un segundo mandato porque no se puede manipular la Constitución para satisfacer la ambición de perpetuidad de ningún mortal, y ese hecho tan enaltecido es el que paradójicamente removió las aguas de un país acostumbrado a la moderación y la democracia. Aunque algunos desinformados ubican a Uruguay en campos cercanos al fundamentalismo de la ALBA, el presidente Tabaré, por el contrario, se mantuvo en un discreto centro. Un hombre tan educado como él se gastó críticas a Chávez en declaración conjunta –para mayor humillación- con Hilary Rodham Clinton. El problema es el sucesor. Tabaré postuló en las internas a Danilo Astori, un liberal aperturista que pese a ese formidable respaldo perdió la nominación con José Mujica, a quien por exigencias de campaña convirtieron en compinche de Chávez, aprovechando sus antecedentes tupamaros. Pero de hecho, si ganara la presidencia difícilmente se apartará del exitoso camino de su antecesor, en fe de lo cual su candidato vicepresidencial es Astori y su modelo, no es el de Chávez, sino el de Brasil. Y si perdiera, Lacalle consolidaría una sana democracia de centro. La incógnita era si Tabaré podía endosar a Mujica para lo cual los estrategas del Frente se volcaron a “desmujicarlo y tabarizarlo”, mientras que la alternativa opositora de Lacalle y Bordaberry se consagró a subrayar las diferencias, incluso personales, entre el Presidente y el candidato. Aludiendo a Mujica, aquel se permitió comentar al desgaire: “dice algunas idioteces el candidato”. Tabaré ganó en 2006 en primera vuelta y su popularidad subió como levadura, en cambio Mujica alcanzó el 47% frente a 29 y 18 de Lacalle y Bordaberry, con un avance impresionante del partido Colorado.
En la segunda vuelta, dada la extrema polarización, podría haber poco trasiego de una a la otra acera, de modo que el desenlace debe ser reñido, a menos que la victoria en la primera tenga efecto-derrame. Pero el retroceso de la izquierda, incluso de una tan tolerante y moderada, se aprecia en la equilibrada correlación parlamentaria y en la inesperada derrota sufrida por el Frente Amplio en sus dos plebiscitos: el de la anulación de la absurda Ley de Caducidad, que en aras de la reconciliación perdonó los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura militar, y el del voto epistolar. Perdió ambos, perdió fuerza parlamentaria y tendrá que ir a un peligroso balotaje. Es demasiado escarnio en el lugar más inesperado

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