La mala suerte de Chávez de Francisco Alarcón

Cuando iba a comenzar a escribir esta nota no sabia si ponerle la mala suerte o “la mala leche” de Chávez, opinando que a Chávez le corresponde es la “mala leche”, porque la mala leche es provocada y la mala suerte se toma como cuestión del azar. Y viendo las medidas de nuestro Presidente con la expropiación de Éxito, que imaginamos no sabia que la cadena pertenecía a un consorcio Francés y se fue de bruces, creyendo estaba atacando a los colombianos. El cierre de RCTV craso error para un individuo que pretende mantenerse más o menos dentro de las coordenadas democráticas, y con un campaña electoral encima, que precisa muchísimas concesiones para enamorar de nuevo a sus compatriotas haciéndoles ver de que él no es comunista, sino socialista y amante de su pueblo. Son cosas que decepcionan a sus militantes, a la comunidad internacional y a cuanto venezolano que no ambicione “involucrarse” en política, porque ellos son NINI. La sucesión de errores son cíclicos y rocambolescos, tampoco quiere salir de una cadena televisiva para entrar en otra, no quiere pelarse ni la promoción de unos infantes de kindergarten para sacar la espada de Bolívar, o cualquier otro adminículo que asuste y se considere de honorable uso. Eso no es para mamaderas de gallo constantes. ¡Juro por mi honor! Cuanta vaina se le ocurre. Se pone guantes negros para contrarrestar a los estudiantes y así tantas sandeces que son hilarantes.

Por supuesto, hay cosas más serias que han ocurrido, el accidente de Kirchner si es grave aunque él diga que está bien, pudiendo perderse uno de sus bastiones lo que posiblemente desestabilizará aún más a la Argentina. Cristina quién sabe hará de ahora en adelante, pero que no piense más en el poder y vaya preparando sus maletas, ésta si es una clásica “mala leche”.

Aquí el gran problema sigue siendo la luz eléctrica y sus consecuencias, sin ella no hay producción ni socialista ni privada y según dicen nadie quiere hacerse cargo del muerto. Los brasileros no ven salidas a corto plazo, el argentino de Vido es especialista en otras avatares y el Cubano Ramiro Valdés lo único que se le ocurrió fue que declararán una emergencia eléctrica como en Cuba; entonces las cosas cambiarían, los usuarios pasaríamos a la defensiva y el estado generoso nos daría la luz por horas cuando ellos quieran al igual que allá. Para eso fue que realmente vino don Ramiro: Veni, vidi y vinci Chávez se vio obligado a declarar la emergencia y de esta manera a multar a los usuarios de “alto consumo” para obtener el dinero necesario que, financiará las nuevas plantas pedidas al Imperio en una fábrica de Houston, las mismas que le regaló a Bolivia y Nicaragua, aquellas que estaban por los lados de Guatire.

El resto de los comentarios sobre la estancia de Valdés fueron paja o algo parecido. Ya bastante nos parecemos a Cuba y estamos sojuzgados y penetrados por todas partes para alargar la permanecía del General en nuestro país. Pues, como vemos en está materia no se ha avanzado nada ni se han tomado en cuenta a los técnicos venezolanos ni empresas especializadas. Tira piedra es tira piedra, y le cuesta ver más allá de su nariz. Pero lo que no se han dado cuenta es que sin electricidad o sin suministro confiable no hay elecciones a menos que resuelvan hacerlas manuales y con velas.

La oposición tampoco se da cuenta de esto, cuando no están jugando pico pico, están sacando las cuentas de cuántos diputados lograrán en las elecciones de septiembre, como si la cuestión estuviera planteada en términos democráticos, esa es la gran decepción de muchísimos venezolanos que se tienen que calar a una llamada “Mesa de la unidad” que nadie sabe a quienes representan y a políticos que más asemejan a cantadores de velorios que a luchadores sociales. Los sacrificios no existen en materia de escogencia, aquí todo el mundo quiere ser candidato y mientras las cosas sigan así, Chávez por mucho que yerre seguirá en su trono de Miraflores y expropiando lo que le venga en ganas, un día de estos se le ocurrirá tumbar media ciudad de Caracas y nos construirá una plaza de la revolución.

Pero no todo es oscuridad hay una tercera edición del movimiento estudiantil, dispuesto a proseguir las luchas y ellos tienen sus seguidores en la sociedad civil que, están más preocupados que la oposición sacadora de cuentas de cuántos curules obtendrán en septiembre.

Venezuela es prolija aún en desgracia y saldrán quienes verdaderamente les duela esta patria, no veo lejana esa posibilidad ante tantas adversidades y dicterios oficiales; cuando esa “mala Leche” llega dicen que es difícil espantarla. Entonces, el ingenio tendrá el campo abierto para proseguir, tratando de unir y creando una gran red social, capaz de darle repuesta a los abusos oficialista, sin que tengamos que depender tanto de El Ciudadano o de los ciudadanos que quieren vivir de la “política” contado por adelantado los puesto que le corresponderán en unas supuestas elecciones republicanas.

La historia de un desgaje: la democracia representativa de Teódulo López Meléndez

En los procesos revolucionarios del siglo XVIII se comienza el proceso de conversión política de los derechos naturales. El siglo XIX se mueve sobre la idea del progreso. A pesar de las guerras del siglo XX se establece firmemente la forma política que algunos han denominado la “era de las Constituciones” y el traslado de la soberanía de la nación al pueblo. El programa demoliberal, luego de no pocas luchas, concede el sufragio y las mujeres libran una de sus batallas más vistosas, el voto también para ellas. La reacción fascista se extiende sobre Europa, pero el resultado de la II Gran Guerra hace renacer la condena a los poderes absolutos aún en medio de la Guerra Fría y entramos de lleno en el ciclo del liberalismo democrático, las democracias pluralistas y un ritmo keynesiano de la economía. Los partidos políticos viven su época de esplendor. El mercado reina encontrando su máxima expresión en la era Reagan-Thatcher.

A finales del siglo XX asoma la crisis plenamente. La democracia comienza a dejar al descubierto sus profundos vicios y la desconexión del ciudadano del sistema resalta sus falencias. La representación y la delegación del poder se resquebrajan. La democracia representativa comienza a diluirse como el sistema económico donde funcionaba. Es lo que bien se denomina una crisis de legitimidad. Los partidos políticos se convierten en “partidocracias”, en cotos cerrados que ya no cumplen su función de servir de vehículo a las aspiraciones de la gente común y su papel de intermediación entre el poder y la gente se oscurece por sus mafiosos comportamientos. De allí al brote del populismo habría poco espacio. La nueva expresión telegénica saltaría a la palestra con la oferta de soluciones “revolucionarias” milagrosas. Mientras tanto, otros comenzábamos a pensar en un movimiento alternativo.

Frente a las neodictaduras emergentes salen a las calles las manifestaciones de protesta que a nada conducen, que son incapaces de derribar gobiernos a no ser por alguna excepción. Las manifestaciones venezolanas están llenas de mitos y memorias de lo pasado, se recurre a la huelga general o al referéndum revocatorio, pero hay un desfase, un déficit y una contradicción que las anula. Es la vieja estructura que reacciona sobre la manifestación fascista y desde este ángulo de enfrentamiento la historia nos muestra que los viejos sistemas no son restituibles. El caso de las llamadas “marchas” en Venezuela es patético. La multitud sale a la calle lo que equivale a un desempoderamiento en lugar de una posibilidad de vencer la frustración. La razón está en los que podemos llamar “vehículos convencionales”, léase partidos, y sin que un movimiento estudiantil inmaduro y sin objetivos fijos, a no ser la protesta misma, sea capaz de lograr la conexión. La masa sale a la calle y luego se mira a la cara sin haber alcanzado ningún objetivo simplemente porque no estaba planteado ninguno, a no ser el drenaje de las emociones a la espera del acto electoral. De esta manera la “marcha” no deja legado. Más bien pasan a convertirse en ejemplo de la impotencia. Y en reconocimiento de las instituciones secuestradas de la dictadura, al concluir ellas en entrega de documentos redactados en un lenguaje que podríamos denominar como sacado del más puro legalismo.

Así, el viejo problema que Touraine y Baudrillard ya habían entrevisto, el de la crisis de la representatividad, revienta en Venezuela con toda su fuerza. Los partidos, destruidos por sus prácticas aberrantes y por su incapacidad, dan poder a otras instituciones igualmente derruidas y todos y todas marchan junto al enfrentamiento contra el régimen sin ninguna posibilidad de vencerlo. Con su derrota llega a la plenitud la crisis: ya no representan a nadie, son objeto de burlas, pero siguen ejerciendo un poder limitado que el Estado fascista emergente les permite para legitimar su ejercicio.

Paralelamente el problema inicialmente teórico de la representatividad brota en la realidad cuando los viejos actores quieren seguir ejerciendo el poder sobre los ciudadanos debido a su monopolio tácito de presentación de candidatos al viejo parlamentarismo. El problema deja de ser, inclusive, el de una simple oportunidad para enfrentar al régimen sino que es la manifestación patética del ejercicio de algo que no existe. No existe ni parlamento ni existe la posibilidad de conferir representación.

Vemos algunos jóvenes entusiastas e inmaduros lanzando sus candidaturas a diputados sin darse cuenta que el viejo sistema les impondrá su tradicional oligarquización por la necesidad de autorreproducirse para mantener sus privilegios de casta. Por el otro lado el poder fascista restringe, a lo que considera límites adecuados, la supervivencia de los viejos actores modificando aquí y allá y estableciendo condiciones suficientes para animarles a perseverar en su existencia, pero sin aflojarles jamás la posibilidad de volver a convertirse en mayoría.

Llegamos, así, ante una dictadura de nuevo cuño que para el mantenimiento de las apariencias democráticas cede una lonja de poder a los desplazados mientras los ciudadanos no encuentran que hacer, no se sienten representados, la calle no les concede nada sino el ejercicio de utilería a ambos bandos. Brota lo que los impertinentes han llamado Ni-Ni y lo que otros impertinentes en mayor grado convierten en objetivo de sus llamados para que voten o para que ayuden a derrotar al régimen. La crisis de la legitimidad puede declararse absolutamente en explosión. La representatividad concebida en los viejos sistemas liberales salta por los aires. La democracia representativa queda hecha jirones sobre el pavimento.

La desvalorización de la representación y de la legitimidad

La representación puede ser tomada de entrada como la imposibilidad del ejercicio de una democracia directa. En sus orígenes se planteaba como la vía para que los gobernantes ejercieran el poder con la aceptación libérrima de sus gobernados. Esas élites gobernantes o representativas fueron degenerando en castas opuestas al espíritu original. Podríamos aceptar que tal evolución era concerniente a un sistema que en sí portaba el germen de reducción de la democracia. No obstante, se consideró la mejor manera de administrar las complejas sociedades de la era industrial. Estos mensajeros llamados representantes, tal como su nombre lo indican, representan una ficción a algo que no está presente. Al nacer el concepto y la práctica de representación la sociedad no se gobierna a sí misma sino que pasa a ser recipiendaria de las políticas y decisiones tomadas por los representantes, aunque se sometan a referéndum o plebiscito, conforme a las formas conseguidas para atenuar la paradoja de la representatividad.
Tal como lo señala Bernard Manin (Principes du governement représentatif, Calmann-Levy, París, 1995.), uno de los mayores estudiosos del tema, esa representación puede tomar tres formas: parlamentarismo, democracia de partidos y democracia de “audiencia”. En el primer caso, se les puede llamar fideicomisarios. En el segundo, que es el caso venezolano y de la práctica totalidad de los países latinoamericanos, se vota por un partido más que por una persona. Estos diputados o senadores son delegados de sus partidos que generalmente ejercen sobre ellos esa detestable práctica llamada “disciplina partidista”. La tercera, esto es, la denominada en las ciencias políticas “democracia de audiencia”, son los partidos los que se ponen al servicio de los candidatos y cuya elección dependerá de su propia personalidad y capacidad de interpretar a sus electores.
En cualquier caso de los mencionados se mantiene una independencia de los representantes sobre los criterios de los representados. Ocurre así la primera falla grave: la mediocridad de los representantes las más de las veces señalados para tal posición por su subordinación y obediencia a los distintos factores que le permiten ser electos. La segunda falla grave proviene del desinterés de los electores sobre el tema de a quien eligen, más los negociados con los poderosos medios massmediáticos; sobre este caso particular la historia venezolana muestra la cesión de curules a cadenas periodísticas a cambio de apoyo, en lo que constituyó uno de los puntos claves de la decadencia de la democracia. En tercer lugar, a pesar de permitirse la existencia de los llamados “grupos de electores” está claro que de hecho existe un monopolio partidista en la postulación de aspirantes. Finalmente, la falta de ética y de un comportamiento moral adecuado.

Pero Manin, al pasar revista a las instituciones propuestas en lo siglos XVII y XVIII encuentra una continuidad notable con lo que hoy llamamos “democracia representativa”, lo que lo lleva a recordar una significación crucial: ese régimen del que han salido las democracias representativas no fue concebido en modo alguno por sus creadores como una forma de la democracia. Por el contrario, en los escritos de sus fundadores se encuentra un acusado contraste entre la democracia y el régimen instituido por ellos, régimen al que llamaban “gobierno representativo” o aun “república” y cita a Madison argumentando que el papel de los representantes no consiste en querer en todas las ocasiones lo que quiere el pueblo. La superioridad de la representación consiste, por el contrario, en que abre la posibilidad de una separación entre la voluntad (o decisión) pública y la voluntad popular. Manin: “Tanto para Siéyès como para Madison, el gobierno representativo no es una modalidad de la democracia, es una forma de gobierno esencialmente diferente y, además, preferible”.

Las críticas sobre los partidos son conocidas: han pasado a ser irrelevantes aunque conforman aún su poder excluyente en las disposiciones que los favorecen para la presentación de candidatos mientras que los movimientos sociales organizados carecen de ese puerta abierta en el ordenamiento jurídico y, peor aún, cuando un grupo de electores abre la puerta y se lanza al ruedo sus resultados suelen ser magros. Es obvio, entonces, que navegamos en un estado intermedio donde los partidos han dejado de ser intermediarios eficaces y donde no han aparecido con sentido real nuevas formas de intermediación.

La otra, que la muerte de las ideologías los han convertido en cascarones vacíos incapaces de sumar voluntades. En otras palabras, se han convertido en mecánicos buscadores de votos. El argumento simplista que plantea “los partidos deben cambiar” no encuentra base en la realidad de la práctica política. Lo que hay que recalcar es que, en cualquier caso, los partidos han perdido el monopolio del ejercicio político y se les augura un destino describible como el de ser otros en medio de una multiplicad de actores socio-políticos en proceso de nacimiento. Siempre habrá el que por las razones que sean se agrupe con otros que la piensan igual y se proclamen partido, aunque bien se podrían denominar “organizaciones con fines políticos” como se definen en el presente venezolano sin que ninguno de nuestros “brillantes analistas” se haya dado cuenta del cambio semántico de enorme importancia.

De alguna u otra manera en América Latina ha fallado de manera ostentosa cualquier control sobre esta casta de representantes que no han encontrado en la voluntad colectiva un freno a sus desviaciones. En cualquier caso es obvio que existe una ruptura de la legitimación, lo que algunos han denominado “un malestar con la democracia”.

La introducción de mecanismos como referéndum revocatorio o la iniciativa popular han sido paliativos ligeros para la crisis de representación, en primer lugar porque junto a su nacimiento también crecieron las maneras de evitarlos y porque no contribuyeron de manera notoria al aumento del interés ciudadano por su práctica. Al haber contribuido notablemente a ese desinterés con sus ejercicios deformadores los partidos se ven desplazados de su anterior papel por organizaciones que tienden a formas de participación muy diferentes, esto es, la desconfianza justificada en ellos conlleva a la aparición de nuevos mecanismos que, en el presente tecnológico, conducen a la activación de redes y redes de redes.

No olvidemos que la palabra “representación” tiene otros sentidos, como el de la actuación, primero en el teatro griego donde el uso de las máscaras oculta y muestra lo que está ausente. “Inventar la ciudad es inventar la representación, el lugar donde el poder se disputa y se delega, donde cada uno puede presentarse en el centro del círculo y decirle a la asamblea cómo él se presenta lo que sucede y lo que hay que hacer. Lugar de nacimiento del escepticismo, del conflicto de las interpretaciones, de esa multitud de dobles, eîdos o eídolon, phantasía y phantásma, cuya apariencia corre el peligro de ser un falso semblante”. (Enaudeau, Corinne. La paradoja de la representación. Barcelona. Paidós. 1999.).

Para la conformación de la legitimidad de la representación se recurrió al concepto de opinión pública según el cual se crea una opinión general y libre que el representante simplemente ritualiza. De esta manera el representante no tiene nada que ver con la voluntad del representado sino que expresa la voluntad política ideal de la nación, lo que lleva a identificar pueblo con esa voluntad. En pocas palabras, legitimidad y representación buscan reconciliarse. Este razonamiento teórico lleva a la representación a un punto muerto, pues lo que termina es con el planteamiento de que la legitimidad no es del Estado sino de la sociedad misma. Cuando la sociedad entra en la presente fase de desconfianza en los representantes y en la representación misma la legitimidad comienza a hacer aguas. Con la frase “Yo soy el pueblo” que el presente dictador venezolano pronuncia a cada momento lo que se está produciendo es la simbiosis más acabada del pensamiento liberal, esto es, no tiene nada de socialista pues se convierte simplemente en una ficción. La única manera de controlar a los representantes es estableciendo mecanismos independientes de él, pero, como en el caso venezolano y de otros neoautoritarismos, encontramos la facilidad con que el poder los burla y siempre quedará pendiente la cuestión de si es el Poder o el órgano contralor el que representanta la voluntad colectiva.

Es menester recordar que el término “sociedad civil” (civil society) es de manufactura inglesa y fue inventada también dentro del contexto de encontrar una legitimación para la representación. Es por ello que algunos hablan, especialmente Touraine, de una sociedad postcivil; nosotros también lo hemos hecho dentro del concepto naciente de una democracia del siglo XXI. En este proceso de contradicciones se hunden los partidos de la democracia representativa, una realidad de distorsiones que algunos llegaron al punto de llamar “Estado de partidos”. O lo que otros llaman “descolocación de la política”, situación que hoy vivimos en muchos países de América Latina donde desde los órganos legislativos hasta los ejecutivos son suplantados por los llamados Comités Nacionales partidistas que pasan a ser el sitio donde en realidad se toman las decisiones supuestamente “encarnantes” de la voluntad popular. De esta manera los partidos se convirtieron en los verdaderos asesinos de todo el andamiaje filosófico-jurídico que había sostenido a la democracia representativa y su supuesta legitimidad. Es evidente que los partidos surgen por una necesidad obvia de asumir las contradicciones y las fragmentaciones del cuerpo social, pero terminan encarnando en magnitudes de primera fila las prácticas políticas deformadas y deformantes.

He insistido hasta la obstinación en la necesidad de que la provincia venezolana asuma el liderazgo, planteamiento que excede a la mera circunstancia de haberse producido en el interior las mayores acciones de resistencia contra la presente dictadura. Es también un asunto directamente vinculado a la tesis de representación y legitimidad. La elección de diputados por las regiones no establece ni una cosa ni la otra. Apartando por un momento el tema de la descentralización, obviamente necesaria e imprescindible, lo que ando es en búsqueda de una fuerza exógena que desmaterialice la mentira constitucional de que Venezuela es un Estado Federal y la haga realidad, pero más allá lo que ando es en búsqueda de una nueva fuerza constitutiva de la cultura venezolana.

Tendríamos que decir con Lassalle que “la problemática constitucional no es un problema de derecho sino de poder, ya que la verdadera constitución de un país solo reside en los factores reales y efectivos de poder que en ese país rige. Las constituciones escritas no tienen valor ni son verdaderas mas que cuando dan expresión fiel a los factores de poder imperantes en la sociedad”- (Lassalle, Ferdinand; “¿Qué es una Constitución?”; Editorial Coyoacan; año 1994; pág. 29. Conferencia dictada en Berlín a mediados del siglo XIX, texto que se convirtió en un clásico de las ciencias políticas).

En las últimas semanas nació –es lo que percibo- una nueva tensión, o al menos una tensión variada, entre la provincia y el poder hegemónico de Caracas, uno que fue, a mi modo de ver, un intento de quitar la delegación al poder central, uno informe, pero intento al fin. La “reducción” de la representación, en el sentido en que la manejo en este párrafo, significa que se reduce su ámbito en el sentido que cada provincia se representa a sí misma sin afectar para nada la unidad de la Nación-Estado.

Hay que comenzar a manejar las nuevas formas, los nuevos partos, los nuevos paradigmas. Sobre ello andamos.

teodulolopezm@yahoo.com

Editorial El Nacional


La bota de Chávez
¡Vive la France!


En primer lugar, los venezolanos de oposición le damos las gracias al Presidente de la República por aportarnos más votos para las elecciones del septiembre próximo, al ordenar el cierre grosero, vulgar y prepotente del Edificio La Francia y sus alrededores. Pero igualmente, le regresamos de inmediato todos esos votos si, por casualidad, le pasa por su cabeza atormentada y engorilada la idea de reconsiderar una medida que no tiene razón alguna.

¿Por qué atacar a unos pequeños empresarios y comerciantes, vendedores de
repuestos de aparatos eléctricos y un sinfín de gente que no hacía otra cosa
que animar el centro de la ciudad, sin ganas de incorporarse al imperialismo
ni a la globalización? Sólo se dedicaban a lo único que saben hacer con
eficiencia y ganas de servicio: atender a los clientes venezolanos y a los
turistas.

¿Acaso eso es un delito? Para el entendimiento del Presidente de la
República, esta lógica de permanente trabajo, de atención diaria a los
clientes de toda Caracas, de recibir con agrado a los turistas interesados
en adquirir joyas y recuerdos en plata y oro, es un delito. "¡Exprópiese!",
dice el zar de Sabaneta y conduce a la ruina a decenas de pequeñas empresas
y a los centenares de empleados que hasta ayer, pensaban que sus vidas
estaban garantizadas por su constancia en el trabajo.

Los trabajadores del edificio La Francia y de sus alrededores estaban
equivocados al imaginar que las huestes de la franelitas rojas que acudían a
comprar anillos de graduación iban a respetar a sus proveedores. Con un
cinismo insólito, gritaban ayer su aprobación a la medida histérica (para
ser el centro de la atención) del Presidente, a quien alguien parece haberle
conferido la espada de la guerra de las galaxias: apunta y destruye.

Los testimonios de los cientos de venezolanos que trabajaban en el edificio
La Francia y sus alrededores no sólo explican el terror de los ciudadanos
ante el poder de un necio que le entra una bravata y decide destruirlo todo,
sino que nos ilustran sobre una manera de crear un desánimo general para
avanzar en las inversiones y generar más empleos.

Pero, y lo que es más significativo, aclaran el panorama ideológico y
electoral de la gran cita de septiembre próximo. La totalidad de los
inquilinos del edificio La Francia no sólo habían comenzado desde abajo,
sino que dedicaron muchos sacrificios y trabajaron muy duro hasta ir
escalando posiciones que los llevaron a crear sus propios negocios. ¿Por qué
Chávez los odia? En verdad, los únicos negociantes que Chávez quiere son
aquellos que nacen de los turbios negocios petroleros, los guisos militares
y las comisiones que se pagan en el Distrito Capital. Del resto, nada le
interesa y todo brutalmente lo ignora, al punto de expropiar, para risa de
los venezolanos, un bien público como el edificio La Francia, que pertenece
a la Universidad de Oriente.

Brutos son y burros mucho más.

"EL NIÑO" ESTEBAN de Teodoro Petkoff


Chacumbele decretó la emergencia eléctrica. Puesto que tiene un
conflicto tan serio con el principio de realidad, mucho tardó en
admitir que el Sistema Eléctrico Nacional está boqueando. Pero no sólo
lo hizo tarde sino sigue empeñado en continuar engañando al país. Lo
central de su anuncio, como corresponde a su sentido autoritario y
militarista, fue la amenaza de multas draconianas. Por supuesto, se
equivoca si piensa que ese es el camino de lograr la cooperación de
todos para hacer frente a la emergencia. Lo primero que hace un
gobernante sensato, para lograr que todo el mundo meta el hombro, es
decir la verdad y, sobre todo, asumir sus responsabilidades en el
desastre. Ya olvidó la gran lección de su aparición televisada el 4F:
asumió la responsabilidad del fracaso y eso, entre otras cosas, lo
catapultó a la fama.

Seguramente el acento en la coerción podría ser mucho menor si el Gran
Destructor dijera francamente que la culpa de este desastre es suya,
aunque también el Gran Planificador Giordani tiene su alta cuota en
esta calamidad. Que El Niño y la sequía tienen que ver con el
problema, no hay duda, pero Chacumbele debería explicar, para mejorar
un poco sus niveles de credibilidad, que esta vez, a diferencia de
2001, la disminución del volumen de agua en Guri es grave porque el
resto del sistema eléctrico está en tan mal estado, que obliga a
sobrecargar a la gran represa guayanesa. En 2001, todavía el Sistema
Eléctrico Nacional no había sido destruido por Chacumbele y podía
generar suficiente energía como para compensar la que Guri no podía
dar entonces porque el nivel de sus aguas estaba muy por debajo del de
hoy.

Eso ya no es posible. Si el nivel de Guri bajara a 240 metros, nos
quedamos sin electricidad en todo el país, porque hoy no funcionan las
plantas termoeléctricas que existían para la época.

El ejemplo más patético es Planta Centro, destruida por la incapacidad
del chacumbelato. Chacumbele debería reconocer abiertamente que
Giordani se equivocó cuando ordenó suprimir del plan eléctrico la
construcción de las cuatro represas en el Alto Caroní y que, además,
ha sido la suprema incapacidad de su gobierno lo que ha retrasado en
¡cuatro años! la terminación de la represa de Tocoma, también en el
Caroní, donde lo que existe (Guri, Macaguas y la mitad de Caruachi) lo
construyeron los gobiernos de antes en menos tiempo de los once años
que tiene Chacumbele jodiendo a este país. Mucho bien le haría a la
"emergencia eléctrica" si Chacumbele explicara las razones por las
cuales de las 29 plantas termoeléctricas que su gobierno debía haber
construido entre el 2000 y el 2007, sólo terminó 5 (de las cuales 3
están semi inoperativas) y si nos dijera en qué bolsillos están los
750 millones de dólares presupuestados en 2001 para la renovación, que
nunca se hizo, del sistema de transmisión. También ayudaría si
señalara de quién fue la genial idea de congelar las tarifas
eléctricas durante años, uno de los capítulos más estúpidos de la
demagogia populista, demostración cabal del dicho que reza "pan para
hoy y hambre para mañana".

Pero Chacumbele se acordó de Santa Bárbara cuando oyó los truenos y
ahora, en lugar de pedir disculpas por su imprevisión, cree que a
punta de amenazas y gritos va a resolver el problemón que creó.
Tal Cual