A RÓMULO GALLEGOS de Francisco Alarcón

Rómulo Gallegos sigue siendo una de las referencias narrativas más importante de Venezuela, y sus valores y anti valores se yerguen de nuevo en pleno siglo XXI para destapar el absurdo histórico que vive el país.
Esclareciendo la vida de la selva, de los llanos, de las mujeres y hombres que se clavaron en la tierra violenta y que fueron poseedores o poseídos, en la Venezuela sensible y de lejanías figuradas, de pasiones civiles y militares, de voluntad y magia. Descubrió en momentos el paisaje nacional con sus pobladores, esencia y mitos. Doña Bárbara y Canaima fueron su cumbre. Nació en Caracas en 1884.
En sus novelas Gallegos no se limitaba a la descripción de los seres y su entorno, peripecias que dominaron por su violento naturalismo, éstos marcharon acompañados por poemas silvestres, con su léxico castizo y renovado, introduciendo modismos y vocablos venezolanos en una combinación magistral. En su Novela Reinaldo Solar parece existir rasgos autobiográficos sobre su crianza. Estudió en el Colegio Sucre y en la Universidad de Caracas. Con el grado de Maestro empieza su periplo de pedagogo, siendo director de varias instituciones de enseñanzas como el Liceo Andrés Bello (1922).
Trepadora marcó su rumbo político, sintiéndose avergonzado de aquella prolongada dictadura de Juan Vicente Gómez. Fue posteriormente elegido senador por el Estado Apure cargo al cual tuvo que declinar por no poder poner en práctica sus ideas sociales liberales, era como ahora el gobernante, una planta indómita asida al trono de Venezuela.
Su obra esplendente Doña Bárbara, la “devoradora de hombres” fue distinguida y publicada en España, con su Marisela la hija de la Doña, quien nació en sus noches delirantes con Lorenzo Barquero, obligada a vivir miserablemente junto a su padre un alcohólico.
Hasta que llega la figura sideral capaz de cambiar todas las cosas, Santos Luzardo, salvador de Marisela sin dejarse embaucar por la “devoradora de hombres” quien al final renuncia al hombre que no quiso ser suyo, a su hacienda, a su hija, y desaparece.
Gallegos continuó con Cantaclaro, con su protagonista Florentino Coronado, mitad centauro, mitad juglar como los gauchos argentinos. Con la guitarra compañera, robando corazones hasta que se consigue con Rosángela, otra victima de los destemples de las soledades anchurosas, y la arranca al deseo protervo del propio padre.
1934 ve la luz Canaima, insistió Gallegos dándole la espalda a la ciudad y dedicándose al paisaje abierto. Es su protagonista Marcos Vargas, un aventurero y hombre de acción que, de niño sintió el llamado de la selva guayanesa. Canaima es la obra de mayor gloria por su composición y su estilo, por el soplo adverso que se desprende de las fuerzas naturales y envuelve a un entorno de personajes maravillosos: el Cholo Parima, Juan Solito, Manuel Ladera, los Vellorinis entre otros. Indudablemente es un drama sin términos medios, estremecedora y fantástica biografía de la selva tropical y de sus criaturas y demonios.
Gallegos a la muerte del general Gómez, regresa a su patria y es nombrado Ministro de Educación, tiempos de la edición de “Pobre Negro”. Elegido diputado en 1940 al Congreso. Fundador junto a Rómulo Betancourt de Acción Democrática. Electo Presidente de la República en 1948, pero apenas duró nueve meses, derrocado el 24 de noviembre por militares. La asonada estuvo dirigida por Carlos Delgado Chalbaud su propio Ministro de Guerra y Marina. La participación política de Gallegos contribuyó a catapultarlo como novelista, además de su personalidad honesta y democrática, antepuesta al sórdido militarismo y a la “tradición” venezolana de someterse a las órdenes de un dictador.
La critica ha exaltado la riqueza del léxico de Gallegos, cuando utilizó los venezolanismos, neologismos. En la Edición de “Doña Bárbara” en 1941 hecha por Espasa –Calpe figura un vocabulario con 135 venezolanismos que no aparecían en diccionarios, estando su gracia en reproducir con naturalidad y frescura los modismos del habla popular. Expresaba Gallegos: “La guerra de independencia puso en pie lo genuinamente nuestro: la democracia de campamento, el mantuanismo junto con el descamisado comiendo en el mismo plato”. Este excelso escritor murió en Caracas en 1969.

La creación de nuevos campos de historicidad de Teódulo López Meléndez

No se puede seguir hablando de democracia pensando que es un sistema donde se vota o donde hay representatividad o participación. A la democracia tenemos que hincarle los dientes, revisar todo y ahora mismo debemos ir sobre el concepto de política. Indispensable entrar en él porque en este país la gente dice estar “harta de política” cuando en verdad lo que está es harta de falta de política. Política es participar en la actividad social. Es necesario terminar con la desnaturalización del concepto mismo, con la creencia generalizada de una particularización “profesional”. Toda acción sobre la vida pública o, dicho de otra manera, sobre los intereses colectivos, es una acción política. Otra cosa distinta es lo que podríamos denominar “actividad política” (proselitismo, búsqueda del poder, etc.) que es propia de los activistas políticos.

La sociedad venezolana está omitiendo el replanteamiento de que es la democracia. Lo que no se renueva perece; lo que ante los ojos de la gente es ya conocido, con sus virtudes y vicios, carece de la atracción de la novedad. Hay que conceptuar para la demostración práctica de una democracia sin adjetivos, sólo ubicada en un contexto de tiempo: siglo XXI, con todo lo que ello implica.

La sociedad venezolana está atomizada por muchas causas: desvío y confusión por la profusión de “aprendices de brujo” que pululan en los medios radioeléctricos, la conversión de los encuestadores en analistas con las consecuentes barrabasadas, la determinación de los medios de “escoger” cuidadosamente quienes asisten a sus programas de entrevistas, los negociantes que se dirigen a sobrevivir en el actual régimen. La sociedad venezolana ha perdido la capacidad de reacción, está sentada frente al televisor esperando que la pantalla le diga como debe comportarse. La sanación del cuerpo social implica un largo proceso que debe partir de la inserción en la cotidianeidad.

La escasa influencia del pensamiento sobre la democracia en la democracia misma se debe a la crisis de todo pensamiento trascendente en un mundo de bodrios repetitivos, de insubstancialidad y a la ausencia de lo que diagnostica de modo diferente a como se construyeron las ideologías derruidas. No se trata de un plano que se proclame poseedor de la verdad ni pretenda proclamar la solución de los problemas del hombre. Se trata de un conjunto de diagnósticos y de advertencias. Las clases medias, actores claves en toda acción política, sólo se movilizan cuando creen amenazados sus derechos. Son las clases medias el ejemplo de inacción funcional inducida por la pantalla-ojo o por los activistas políticos colapsados o el instrumento manipulable para los intereses particulares disfrazados de colectivos.

Bien podría argumentarse que la sociedad civil se ha convertido en un simulacro de lo social. La democracia, por ejemplo, parece alejarse de su marco de drenaje y composición, para elevarse por encima de las fuerzas conflictivas que se mueven en su seno. El poder que amenaza con surgir en el siglo XXI trabaja –ya lo hemos dicho hasta la saciedad- con la velocidad y con la imagen, más con la velocidad de la imagen. Su alzamiento por encima de una sociedad civil débil le permite recuperar el sueño del dominio total, de la modelación de los “contemporáneos” (antes ciudadanos) a su leal saber y entender. Así, el poder de la dominación se hace total. En el campo del sistema político la democracia comienza a ser mirada como un impedimento, como un estorbo.

Ya no estamos, pues, y a veces mucha gente no se da cuenta, en una sociedad industrial. En consecuencia las formas de poder son otras. En consecuencia, las viejas formas (sindicatos, partidos políticos, asociaciones empresariales y todas aquellas “instituciones” de la sociedad civil) se derrumban, al igual que los sistemas de valores tradicionales, la familia, los sistemas de poder (la democracia en peligro). Hay nuevas formas de poder y también nuevas formas de política, sólo que la tendencia es a la eliminación de esta última, es decir, a un neo-totalitarismo. Si vemos, por ejemplo, la inutilidad de los sindicatos y la impotencia absoluta de los partidos para unir en torno a ideologías, debemos admitir que la nueva estructura política pasará por un entramado de redes de acción y presión política. Lo que hay que entender es que la política dejó de ser un espacio de acción individual o uni-organizativo para convertirse en una gran red de redes de transmisión de información, creación de coaliciones y alianzas y en articulación de presión política.

En su postdata sobre Las sociedades de control, Gilles Deleuze nos recuerda el proceso, con Foucault, de las sociedades disciplinarias de los siglos XVIII y XIX, en plenitud en los principios del siglo XX, donde el hombre pasa de espacio cerrado a espacio cerrado, esto es, la familia, la escuela, el cuartel, la fábrica y, eventualmente, la prisión, que sería el perfecto modelo analógico. Este modelo sería breve, apenas sustitutivo de las llamadas sociedades de soberanía, donde más se organiza la muerte que la vida. Deleuze considera el fin de la II Guerra Mundial como el punto de precipitación de las nuevas fuerzas y el inicio de la crisis de lo que llamamos sociedad civil. En otras palabras, entran con fuerza las sociedades de control que sustituyen a las sociedades disciplinarias. Virilio habla así de control al aire libre por oposición a los viejos espacios cerrados. El gran diagnóstico sobre este proceso lo hace, qué duda cabe, Foucault, pero es a Deleuze a quien debemos recurrir para entender el cambio de los viejos moldes a lo que él denomina modulaciones. La modulación cambia constantemente, se adapta, se hace flexible. La clave está en que en las sociedades disciplinarias siempre se empezaba algo, mientras que en las de control nunca se termina nada, lo importante no es ni siquiera la masa, sino la cifra. Es decir, hemos dejado de ser individuos para convertirnos en “dividuos”. No hay duda de la mutación: estamos en la era de los servicios, la vieja forma capitalista de producción desapareció. He definido esta era como la de la velocidad, pues bien, el control es rápido, cambiante, continuo, ilimitado. Si algunos terroristas colocan collares explosivos a sus víctimas, la sociedad de control nos coloca un collar electrónico.

Esta república desanda, retrocede, recula, repite. Esta república marcha hacia cuando no era república. Volvemos a ser una posibilidad de república, una harto teórica, harto eventual, harto soñada por los primeros intelectuales que decidieron abordar el tema de esta nación y de su camino. Nos están poniendo en un volver a reconstruir la civilidad y en el camino de retomar el viejo tema de civilización y barbarie. Por lo que a mí toca tengo una negativa como respuesta. Hay que plantear una democracia del siglo XXI, hay que dotar a este país de herramientas que le permitan salir de la inconsciencia de los retrocesos, hay que extinguir la mirada biliosa. Aquí la única risa que cabe es sobre los esfuerzos miméticos del caudillo, sobre el viejo lenguaje y los viejos planteamientos regresados como si aquí no hubiese habido cuatro décadas de gobiernos civiles. Aquí lo que cabe es reconstruir las ideas, darle una patada en el trasero a la Venezuela decimonónica y a la Venezuela “sesentona” para hacerle comprender que estamos en el siglo XXI. Este país necesita pensamiento, no abajo-firmantes; esta nación necesita quien la tiente a la grandeza de espíritu, no amodorrados en silencio; este país necesita quien proyecte un nuevo sistema político, no quienes vengan a repetir el viejo lenguaje podrido o a convertirnos en objetos de estudio psiquiátrico. Hay que crear nuevos “campos de historicidad”, para utilizar palabras de Alain Touraine. Ello implica abandonar viejos temas que se insisten en poner sobre el tapete evitando una discusión seria sobre los nuevos modos del deber ser del cuerpo social.

teodulolopezm@yahoo.com

DERECHOS HUMANOS de Juan Páez Ávila

Con la publicación del último Informe de la Comisión de los Derechos Humanos de la Organización de Estados Americanos, el gobierno de Hugo Chávez ha recibido uno de los golpes políticos más contundentes y graves por lo difícil de esquivar, debido a los compromisos que ha adquirido en diferentes tratados internacionales que ha firmado y ratificado, como miembro la ONU y de la OEA que exigen su cumplimiento insoslayable.
El establecimiento de los Derechos Humanos en la Constitución Nacional y en todas las Cartas Magnas del mundo civilizado, y la creación de instituciones nacionales e internacionales para vigilar el cumplimiento de tales normas fundamentales en la sociedad contemporánea, considerado como uno de los avances de mayor trascendencia en la búsqueda de un régimen que garantice el progreso material y espiritual del ser humano, no los han podido disfrutar los pueblos donde la cultura de la violencia ha predominado, en la conciencia no sólo de los gobernantes llegados al poder por la fuerza de las armas, sino también en algunos casos ungidos por el voto mayoritario de la población.
Las grandes dificultades que han encontrado los seres humanos en el devenir de su evolución hacia una sociedad de tolerancia y de respeto a sus derechos, han sido muchos, la mayoría productos del mesianismo de algunos gobernantes que para perpetuarse en el poder, han violado y violan lo que antes afirmaban defender. Es el caso que la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos de la OEA denuncia en su último informe con relación al gobierno del Presidente Hugo Chávez. Centenares de hechos violentos contra adversarios del régimen o simples disidentes de sus políticas públicas, han sido víctimas de la represión policial o de la acción judicial después de ser imputados de cometer delitos comunes sin que los fiscales ni los jueces puedan presentar pruebas convincentes y sobre todo señaladas como tales por las leyes vigentes.
La reacción del Jefe del Estado y en particular de los representantes de los Poderes Legislativo, Judicial y Ciudadano, de rechazo al informe y descalificación a quienes lo elaboraron a partir de denuncias de familiares o de las propias víctimas, revela la gravedad de lo que está pasando en nuestro país, cuyos altos funcionarios se niegan a discutir el contenido de dicho informe para demostrar su posible sesgo político.
El Informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, quedará en la OEA como testimonio de la actuación de funcionarios del gobierno que utilizan la violencia contra civiles indefensos, y que por ahora no pueden ser juzgados por sus delitos, pero su impunidad será transitoria, porque estos delitos no prescriben y sus autores recibirán la sanción de los tribunales nacionales e internacionales cuando las circunstancias lo permitan.
En el mundo contemporáneo ya existen casos ejemplares, en los que gobernantes y sus cómplices en la ejecución de acciones represivas, violatorias de los Derechos Humanos han sido apresados y condenados por tribunales internacionales integrados por jueces imparciales, verdaderos profesionales de la aplicación de la justicia. De allí que algunos altos funcionarios del actual gobierno, responsables de delitos contra las personas inermes, civiles desarmados, manifestantes pacíficos, tendrán que responder en el futuro cercano o lejano, ante la justicia internacional