Las palabras del mal de Francisco Alarcón

El lenguaje que vienen utilizando los sectores radicales del régimen no necesita de la presencia de sicarios para irrogar daños a personas y bienes. Increíblemente aquí se ha pasado por encima a cualquier norma de decencia para dirigirse a la población, se han violado los adjetivos y “groserías” cuando se trata de ofensas y ellas vienen desde las más altas esferas. Cualquier ciudadano está indefenso frente a estas agresiones de las cuales puede salir muy mal parado o extinto. Venezuela hoy en día es una pocilga y el lenguaje grosero se convirtió al uso frecuente y oficial. Los peores denuestos son escuchados casi como cosa normal y de ellos no se han salvado ni los jefes de Estado de otras naciones. La violencia es un hecho singular y cotidiano, oyendo y viendo como se transmite todos los días en cadenas de radio y TV. Antes cuando escuchábamos argumentos parecidos nos sorprendía, pero ahora nadie se asombra cuando se acude a una jerga inherente a los bajos fondos.

Se atenta contra el honor a mansalva, se despotrica en contra de cualquiera sin ser cierto lo que se dice, sin que ocurra una sanción ni siquiera de orden moral, cuando pudiera tomarse en otro sitio del planeta como una aberración grave o un delito, pues aquí no, lo aceptamos habitualmente, como si se tratara de ocurrencias y palabras sueltas al aire que no le hacen daño a ninguno, y no es de esta manera, hay palabras que causan defunciones; quien instiga al delito o a los ataques haciendo de las mentiras “verdades” va más allá de sus consecuencias. O Venezuela se moraliza y la familia se reivindica ante la chocarrería oficialista o terminaremos todos siendo víctimas de estas afrentas. Pareciera no ser suficiente con haber quebrado la nación en once años de malos oficios y corrupción. Fue un axioma para quienes actuaron y utilizaron este lenguaje a través de la historia que terminaran sepultados por él. Así actúa, como la ley de la gravedad, todo lo malo que se lanza se devuelve a sus propios incitadores, nadie está exento a este principio ni autorizado por ninguna jerarquía para estar vejando a ciudadanos decentes y a quienes le venga en gana. Tampoco se puede utilizar como arma política la arremetida oficial para acabar con dignidades, y las autoridades no se dan por aludidas por ser camaradas de quien nos injuria, entonces en algún momento la reacción popular pudiera actuar como la “justicia divina” y devolver las cosas de donde vinieron para restablecer el orden moral y constitucional.

Coexistimos en un estado de absurdos donde se castiga y persigue con saña la eficiencia y se premia a los malandrines, donde nos racionan la luz y penalizan a quienes la aprovechan para producir bienes necesarios sin que el gobierno haga nada para solucionar el problema de fondo. Si no fuera por las providenciales lluvias, actualmente Venezuela estaría a oscuras. No hay comida, escasean las medicinas y los productos de primera necesidad y sin embargo se pierden toneladas de alimentos por la ineficiencia de la peor administración de nuestra historia. Con toda esta reseña fuliginosa a cuestas, se pretende cerrar las empresas privadas que si producen para sostenernos. Es del conocimiento público cómo se encarcelan a quienes opinan distinto al “parnaso comunista”, como se escarmienta el disenso y se cierran medios de comunicación.

Si continuamos por este camino inverso donde nos conducen los matreros hablando de honor y moral , queriendo cambiar el panorama , trocando las mentiras en verdades y convirtiendo a las víctimas en victimarios, nada de lo que ocurra será extraño, tanto así, como para que ese verbo encendido e incendiario mutile todas las libertades incitando al odio. Venezuela hoy por hoy es el paraíso de lo irracional, donde nos conseguimos con más paradojas a las ya descritas, donde toma legitimidad el hampa en proporciones alarmantes y donde el ciudadano de a pie se encuentra desasistido de la justicia y vapuleado cotidianamente por palabras que matan. Tanto es el absurdo de lo que acontece que nada de raro tendría legalizaran la antropofagia frente a la escasez de carne, por decir tan sólo un exabrupto de quienes quieren ir en contra de las leyes vigentes, naturales y económicas.

El efecto Robin Hood de Teódulo López Meléndez

Leyenda o mito pertenece al primer Medioevo, al bosque, a la inexistencia de legalidad. El príncipe Juan Sin Tierra parecía querer cambiar de nombre, despojarse de una condición determinada por su apellido y derivaba su poder hacia el sheriff. La villa de Nottingham era su aposento y lo que podríamos denominar, quizás con un exceso, la “autoridad civil”, ejecutaba su mandato con eficiencia y con saña.
El príncipe robaba a los nobles que se le oponían, pero de la invención colectiva, o de la transformación imaginaria de algún personaje hacia la mitificación, apareció Robin Hood, la oposición al ejercicio despótico, la encarnación romántica del justiciero, el hábil arquero que devolvía a ricos y pobres robados el dominio de los bienes usurpados y ejercía desde el bosque de Sherwood una justicia redistributiva a la espera de que apareciese en el horizonte el caballo blanco con el rey encarnado, mito transportado incluso hasta la literatura portuguesa. Según se cuenta, especialmente por los cineastas entre los que aún no está incluido Oliver Stone, el rey sí apareció y era nada menos que Ricardo, quien entre sus primeras actuaciones sacó a Robin del bandidaje y lo restituyó a la nobleza.
Quizás debamos recurrir a este incidente apto para la filmación en momentos en que Juan Sin Tierra las quiere todas, en momentos en que desde su poder usurpado e ilegítimo, expropia a voluntad y ofrece maíz a algún noble que se le resiste. La expropiación de las cosechas, lo sabía bien el príncipe, era condición natural a su poder, al control irrestricto y al ejercicio abusivo de su denominación.
Lo hacemos en momentos en que Jorge Luis Borges se nos aparece de nuevo, pero desde un ángulo distinto. El llamado escritor “derechista” se nos asemeja más bien a un pensador complejo y de mirada lateral y profunda, a un actuante en la realidad de su tiempo por encima de las convenciones y de los parámetros en que la sociedad que lo contemplaba vivía. Este ángulo de mirada sobre Borges nos sobreviene por los planteamientos innovadores y peor entendidos que han surgido en algún país de esta América y que son la aplicación real de un trastoque total de la forma de mirar.
El bosque de Sherwood quedaba en las narices del palacio de Juan Sin Tierra, pero nunca intentó una redada sobre el perturbador que allí se escondía. Esperaba sus travesuras o riesgos para recurrir a la defensa y el sheriff encarcelaba a alguno que otro que caía más por su impericia que por su concepción clara de lo que se proponía. Juan tenía una corte, como era lo indicado, y su séquito aprovechaba las rentas mal habidas. La “autoridad civil”, vamos a llamarla los Poderes, dependían absolutamente de su voluntad y, claro está, corrían con las arbitrariedades para mantener sobre ellos los favores y continuar disfrutando de la riqueza.
Robin Hood era propiamente un guerrillero que no se proponía derrocar a Juan Sin Tierra. Era un asaltante sin pretensiones de poder y el cambio de régimen sólo lo acariciaba con el sueño de que apareciese el caballo blanco con el rey encima. Como no había elecciones no le quedaba otra que esperar la restitución de la monarquía de voluntad divina.
Los films nos lo muestran ya encontrado de manera definitiva con su amada Mariana y envuelto en los trapos que a su condición de noble le eran apropiados, despojado ya de su carcaj y de su arco y de la vestimenta apropiada al clima húmedo y boscoso. Se había hecho justicia, Juan Sin Tierra castigado y restituido el orden sobrenatural que emanaba del Derecho Divino.
Las leyendas medievales sólo pueden ser recordadas como tales, porque la historia ha vivido numerosas etapas y porque en el siglo XXI no se puede esperar a Robin Hood aunque la imaginación colectiva descocada y desquiciada pretenda endosarle todas las acciones de resistencia a las que ella no se atreve. Eran otros tiempos aquellos en los cuales hasta los nobles miraban con simpatía al romántico que robaba a los ladrones. Lo que es también menester recordar es que Juan Sin Tierra de tanto expropiar se fue quedando sin contribuyentes a quienes cobrarle los impuestos y el almacenamiento en los conteiners de las cosechas dejaron a la población sin comida lo que no hacía otra cosa que provocar la colaboración velada y hasta alguna participación activa de la población en la protección del romántico del bosque.
El efecto Robin Hood parece caminar por las calles de un lejano país donde ahora se vive el Medioevo. Juan Sin Tierra tiene su sheriff pero multiplicado. La población vive en las contradicciones: se queja de falta de acción, pero no quiere ninguna; se queja de inmovilidad pero desecha cualquiera que se le proponga; se pregunta por qué nadie actúa pero se opone a que alguien actúe; se apega a que el rey sobre el caballo blanco llegará en la precisa fecha del 26 de septiembre, pero no quiere admitir la improbabilidad. No hay Robin Hood que distraiga, que ejerza su resistencia más bien motivada por la ausencia de Mariana que por un afán de justicia. Y se quejan de que no existe Robin Hood, cuando la verdad es que no hace falta; más bien una voz dura de moral y de principios pronunciando la verdad, pero la población arruinada no quiere oír voces duras cuando espera en fecha precisa la llegada del rey sobre el caballo blanco.
Han convertido un momento a utilizar para la resistencia y el desarrollo de una estrategia en un efecto Robin Hood. Uno se interna en el bosque de Sherwood a la búsqueda de una explicación medieval para una situación política de finales de la primera década del siglo XXI. Uno recuerda que en verdad gobierna Juan Sin Tierra.
teodulolopezm@yahoo.com

EL TRIUNFO DE SANTOS de Juan Páez Ávila

El triunfo de Juan Manuel Santos, duplicando a su rival más cercano, Antanas Mockus, en la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia, cuando las encuestas pronosticaban un empate técnico, revela que en América Latina tiende a consolidarse una política de lucha frontal contra el terrorismo y el narcotráfico. Los pueblos aspiran buscar su progreso y bienestar en un clima de paz y convivencia civilizada, no más improvisaciones, frente a realidades críticas y difíciles de superar con espejismo aparentemente revolucionarios, cuando la experiencia nacional e internacional indica que es inútil repetir saltos al vacío, con impredecibles consecuencias.
Guiado por los porcentajes que obtuvo cada uno de los candidatos a la Presidencia de la República de Colombia en las elecciones del domingo pasado, no es aventurado afirmar que el próximo Jefe del Estado del vecino país será Juan Manuel Santos, quien dará continuidad a la política de seguridad democrática del actual Presidente Álvaro Uribe Vélez, seguramente con algunos matices propios de la personalidad política del ex –ministro de Hacienda y de Defensa, y orientada a mejorar las cifras de la economía nacional y de los niveles de vida de la población.
La realidad colombiana indica que la lucha contra el narcotráfico, la guerrilla y el para militarismo, con éxitos evidentes por parte del gobierno de Uribe y ejecutada por el propio Santos desde el Ministerio de la Defensa, se prolongará por algunos años, para poder colocarla en condiciones de negociar la paz en Colombia, objetivo máximo de todo político, especialmente gobernante, que aspire llevar a su país a un régimen de respeto a los derechos humanos, a una reconciliación civilizada, y a la consolidación de una sociedad apta para el progreso y la búsqueda del bienestar de la mayoría de su ciudadanos.
Si Juan Manuel Santos es capaz de combinar sus conocimientos de política militar con la política económica y social, con la cooperación del Vicepresidente Angelino Garzón, ex sindicalista y ex –ministro del Trabajo, Colombia podría convertirse en el mediano plazo en uno de los países de subcontinente iberoamericano, con mayor crecimiento y respetabilidad en el mundo globalizado que se hace irreversible, ineluctable, para enfrentar con éxito los desafíos del siglo XXI.
Y aunque en política no es muy aconsejable pronosticar el futuro, los pueblos, las naciones, pueden confiar en la experiencia de sus gobernantes, cuando éstos han demostrado no sólo vocación de poder, sino también talante democrático, firmeza en la defensa de sus políticas y conocimiento de los graves problemas económicos y sociales que tienen que contribuir a resolver en cualquier país del mundo, y particularmente en aquellos que como Colombia –y el nuestro, por ejemplo- que además de subdesarrollados, están amenazados por la violencia, expresada en el terrorismo y el narcotráfico, los más terribles males, morbos criminales que afectan la vida y la cultura democrática del globo.
Convocados a ejercer el derecho a la alternabilidad en el poder, a través de la elección del más alto cargo ejecutivo de la nación, los colombianos sufragaron mayoritariamente por el candidato que les garantizaba una mayor confianza en el futuro, a partir de un presente de seguridad democrática y desarrollo económico sostenible, que les ofrecía Juan Manuel Santos, economista actualizado y político sagaz, duro y conciliador según las circunstancias.