EGIPTO Y EL MEDIO ORIENTE de Juan Páez Ávila

Conocido como una de las fuentes de la civilización humana, favorecido por la naturaleza del río Nilo, Egipto que paradójicamente  ha atravesado largos e históricos períodos de violencia represiva y explotadora contra los sectores de menores recursos, pareciera buscar un camino hacia la igualdad ante la ley, las libertades públicas, el respeto a los derechos humanos y una mayor participación de la ciudadanía en las decisiones fundamentales de la política y la conducción general del país hacia un régimen democrático.
            Y aunque derrocado el dictador Hosni Bubarak y el poder pasó a manos de las Fuerzas Armadas de ese país, en el mundo democrático se espera un cambio hacia la  libertad y el progreso, no sólo en Egipto sino también en todo el Medio Oriente, solicitado por multitudes que han soportado, hasta ahora, el ejercicio de gobiernos tiránicos, que en algunas naciones históricamente gobernadas por monarquías teocráticas, fueron sustituidos por dictaduras militares, proclamadas democracias y hasta populares, por el sello que le ponían algunas elecciones fraudulentas.
            Lo impresionante de lo que pasa en Egipto hoy, por su importancia estratégica para el mundo occidental y democrático, es que millones de jóvenes utilizando las herramientas modernas de Internet y todas las redes sociales de la tecnología moderna, lograron movilizar a millones de hombres y mujeres, víctimas de la opresión, el desempleo y la miseria humana, para pedir la salida de un dictador y obligar a las instituciones decisorias, como las Fuerzas Armadas, ha despedirlo, asumir transitoriamente el poder y preparar las condiciones para la realización de elecciones libres en las que se exprese el pueblo egipcio.
            El camino hacia la democracia en Egipto está por transitarse. El Poder está en manos de los militares, aunque la decisión de cambio parece irreversible, tanto entre la mayoría de los egipcios, como en la mayoría de los países árabes y musulmanes gobernados por tiranos, en cuyas calles han dado demostraciones de estar dispuestos a defender sus derechos individuales y sociales, establecidos en casi todas las constituciones, pero incumplidos, para beneficio de una minoría de corruptos que han saqueado la riqueza de esos pueblos.
            Y aunque esa ruta hacia la democracia está todavía llena de obstáculos, lo alentador para el mundo civilizado es observar, precisamente, en naciones consideradas por muchos como apegadas a prácticas medievales de atraso y sumisión, levantar banderas de libertad. Hasta hoy continúa siendo un ejemplo de mediación en el conflicto Árabe- Israelí, aunque después de haber firmado un acuerdo de paz en 1979, las relaciones entre ambos gobiernos se mantienen como en una especie de ¨paz fría¨.
            Lo trascendente para el Medio Oriente que se refleja en las movilizaciones de miles de estudiantes y desempleados cargados de miseria, e incluso de profesionales de clase media en varios países de la región,  es que se ha producido un cambio en la concepción de la política y de la aparente aceptación de las dictaduras que se hacen llamar socialistas y representativas de los pueblos, para protestar pacíficamente y pedir cambios democráticos. E incluso, debido a la globalización de las nuevas tecnologías de la comunicación, las luchas por la libertad y el progreso de esas naciones, oprimidas por los siglos de imperio de la barbarie con el apoyo de potencias extranjeras, tanto del otrora socialismo real de la Unión Soviética como la  Unión europea y de los Estados Unidos de Norteamérica, han repercutido en todos los rincones del universo.
            Todo lo acontecido indica que aunque los cambios no se produzcan en el corto plazo, deseable para todos los demócratas de la tierra, el mensaje de Egipto, Túnez y  el Oriente Medio con sus revueltas populares, no sólo es un alerta para todos los sátrapas que se consideran  dueños de sus países, de sus riquezas y de su destino para permanecer en el poder hasta les dé la gana, sino que también ha obligado a los organismos multinacionales como la ONU  a revisar su actuación de acuerdo  con el mandato que tienen y deben cumplir, de defensa de los derechos humanos y de los postulados  fundamentales de la democracia.
            Si la política mundial cambió con el desplome de la Unión Soviética, porque liquidó la guerra fría  y por lo tanto los peligros de una hecatombe nuclear, con el despertar de los pueblos árabes, cuyas banderas dejan claro la separación de la política de la religión y la sustitución de regímenes autoritarios por gobiernos democráticos, la historia contemporánea podría registrar transformaciones de los bloques de naciones poderosas y excluyentes, en componentes y mecanismos para el progreso integral de la sociedad universal, y  darle paso a la Organización de las Naciones Unidas (ONU) como el verdadero parlamento de la humanidad.